“Una mujer no me va a dar órdenes”

Tenía unas semanas con mi experimento antropológico: cada vez que veía a un hombre que no era ni anciano ni con discapacidad viajando en los vagones de metro o metrobús designados para “sólo mujeres”, le informaba amablemente que, por si no sabía, esa era el área de mujeres y que si por favor podía bajarse en la siguiente estación y respetar el espacio.
Las reacciones ante mi “agresiva” ruptura con el silencio que los volvía seres anónimos sin necesidad de explicar conductas eran variadas: a veces, señalamientos como “Viajemos seguras” o “Exclusivo mujeres” estaban frente a ellos y no podían argumentar la ignorancia a su favor; a veces, ante las cuerdas que separaban como al ganado a los hombres de las mujeres en las estaciones de metro, sólo me miraban con indiferencia o lascivia y se perdían entre la masa; a veces, los policías se sentían mi superhéroe personal y corrían a enfrentar al hombre que me había “faltado al respeto”, aunque otras veces me advertían “pues yo voy, pero es bajo su propio riesgo señorita, luego la pueden perseguir fuera del metro”; a veces, los conductores del metrobús comunicaban mi mensaje al policía en la próxima estación, pero tardaba tanto en llegar que la gente protestaba por la pérdida de tiempo y otras veces fingían no escucharme o de plano reía de mi ingenua lucha por hacer valer derechos que obviamente no estaban ahí para respetarse.
En mi molestia por sentir arrebatado un lugar propio, superé mi timidez innata y exigí que se bajaran del vagón hombres altos, bajos, gordos, flacos, imponentes, repulsivos, perfumados, sudorosos, adolescentes, adultos, en pareja, solos, gruñones, libidinosos, cínicos y avergonzados. Era mi espacio y el del resto de mujeres que nunca entendí por qué no se unían a mi reclamo e incluso hasta me observaban como si quisieran decirme entre más anónima, mejor, calladita te ves más bonita. Y yo sin entender por qué ni el cansancio de los pies sobre tacones, del niño en los brazos o la bolsa del mandado a punto de resbalar daba valor para entre todas levantar a los cómodos hombres de nuestros asientos. Eran uno, dos o cinco, contra un vagón lleno de mujeres calladas.

Tampoco es que fuera perfecta la efímera burbuja creada por el gobierno del DF para sentirte en un mundo femenino por lo que durara el viaje, las mujeres, ya sin jueces, pueden perder las maneras, como cualquiera que pierda su espacio personal por más de algunos minutos. Pero al menos ahí, atrapada entre bolsas, suéteres y cabellos teñidos de todos los colores, una mujer puede resguardarse de lo que le espera al salir a la calle: los gritos, los silbidos, los susurros, las miradas resbaladizas, las manos grotescas.
Esa vez, la última vez que me enfrenté a un hombre en el transporte público, era un mediodía como todos en una estación Poliforum del metrobús sobre Insurgentes: a punto de desbordarse, en lucha por el espacio justo para poner los pies dentro del vagón. Yo tenía prisa por llegar al trabajo, todos seguramente tenían su propia prisa. Junto a mí un hombre de unos 40 años, saco y corbata, maletín en mano, oscilaba su gordo cuerpo entre la multitud de cuerpos femeninos que se hacían a un lado para darle “su espacio”. El coraje subió a mi garganta y tenía que sacarlo:
–Señor, ¿sabía usted que este es el vagón para mujeres?
–Ah sí, ¿y quién lo dice?
–Ahí está el letrero, léalo. Si usted no es un anciano, ni un niño ni una persona con discapacidad no puede estar aquí.
–A mí nadie me dice lo que tengo que hacer.
–Este es un espacio exclusivo para mujeres.
–Mire señorita, yo no vengo molestando a nadie y puedo subirme donde me dé la gana. No me voy a salir. ¿Usted quién es para decirme que me salga? Una mujer no me va a dar órdenes –su tono de voz se hizo cada vez más intenso hasta que ya eran gritos que todas las pasajeras podían escuchar.
–Voy a llamarle al policía en la próxima estación –mantuve la calma por miedo a un ataque más que el verbal.
Miré alrededor en busca de alguna mirada solidaria. Nada. La puerta se abrió y decidí bajarme. En ese momento mi experimento antropológico dio un giro y se convirtió en cuento de acción. El señor bajó detrás de mí gritando y corriendo por el pasillo de la estación: “¡A ver, qué me va a hacer, quiero ver qué me va a hacer, denúncieme!”. Mientras tanto yo caminaba de prisa buscando un policía hasta que encontré uno, era mujer y no estaba armada. Apresuradamente le conté lo sucedido, ella observó que el hombre ya se acercaba. Al gritar frases cargadas de insultos parecía que descargaba en mí todo su odio hacia el género femenino. La policía tuvo miedo, me dijo que no me alejara de ella, que cómo se me ocurría enfrentarme a un desconocido, que como no tenía arma poco podía hacer ella y él sí podía hacernos daño, a ambas. No fue la respuesta más tranquilizadora del mundo. Al verme con la policía, el señor enloqueció, “ahora dos mujeres me quieren decir qué tengo que hacer, a mí nadie me baja del vagón, yo puedo subirme donde me dé la gana…” y así hasta cansarse. Un grupo de mujeres empezó a rodearnos, una de ellas incluso se acercó a mí y me abrazó. La única protección éramos nosotras mismas. El señor finalmente se alejó y se subió al siguiente metrobús.
La sensación fue la misma que sentí cuando, con pocos días viviendo en el DF, un día de sol salí en short a la tienda cerca de casa y un auto se detuvo justo a unos pasos de la banqueta donde estaba. Pensé que me iba a asaltar, pero no, sólo quería verme las piernas y comunicarme que yo era “una mamacita” y “qué buena estás”. Para mis amigas chilangas la explicación era simple: “sólo a ti se te ocurre salir a la calle vestida así en esta ciudad”. El miedo y la impotencia de saber que no hay solidaridad ni defensa pueden ser más grandes que el coraje por un espacio robado o las ganas de vestir como sea.

Por Liliana

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3 Responses

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  1. maria dice:

    Que lindo que al menos te apoyaron algunas mujeres una vez que viste a la policia. Esta solidaridad femenina tiene que aumentar.

  2. Maria dice:

    Pobre hombre y qué triste sentirse tan indefensa. Realmente ell@s pueden hacer -”lo que se les pegue la gana”?
    Sigamos adelante luchando con ánimo y llamando a lo que no es como si fuera y lo veremos.
    Maria

  3. Sergio Maldonado dice:

    Pues yo viajo en el Metrobús y el experimento o protesta, es que yo viajo deliberadamente en el vagón “exclusivo”, porque no estoy de acuerdo con esa “acción afirmativa”. La implementación de esa medida separatista me parece que no contribuye a combatir el acoso hacia las mujeres: primero que todo, mandan un pésimo mensaje al señalar a todos hombres, como potenciales agresores; en segundo, sólo postergan el acoso, por cierto, cosa curiosa: ustedes pueden viajar en los vagones mixtos, es decir, ¿tienen la opción de ser “acosadas”?

    Por otra parte, esa medida solapa la ineficiencia del metrobus y el metro en horas pico. Si se invirtiera en el mantenimiento y mejora de la tecnología, tendríamos más unidades circulando, evitando las aglomeraciones que son terreno propicio para los acosadores.

    No entiendo porqué no se integra a los hombres para combatir el acoso: me ha tocado ayudar a mujeres que han sido acosadas, incluso cuando el acosador es cínico y aún le dice obscenidades. Es un insulto que la separación quiera aislarnos como si los hombres fuéramos un problema. Parece como esas escuelas religiosas de “sólo niños” o “sólo niñas”.

    ¿Por qué no hay campañas donde a los hombres se nos interpele, no sólo en cuanto al respeto a las mujeres y a los otros hombres, sino que se nos invite a la solidaridad con quienes son acosadas? En vez de eso, a las autoridades les parece más fácil y políticamente correcto usar la separación para “remediar” el problema, total, está avalado por organismo internacionales y quién va ir contra una medida “progresista”.

    Yo siempre que puedo, uso los vagones exclusivos. Me ha tocado de todo: desde las histéricas con las cuales no se puede dialogar, hasta las que les digo porqué no pienso abandonar el vagón. Algunas no saben qué contestarme, incluso cuando les digo: “mira, ¿ves esta muñequera arcoiris que llevo? Soy gay, así que si te preocupa que te acose, no te preocupes que yo no pienso hacerlo”.

    He discutido con otros hombres gays que dicen que ellos respetan la medida para generar respeto y conciencia. Yo creo el espacio exclusivo no ayuda a generar respeto y sí más confrontación de género. En ese tenor, yo pediría a las autoridades un vagón exclusivo para la comunidad LGBTTTI, para evitar las miradas hostiles o de plano los insultos: me ha tocado escuchar que señores o señoras les gritan “cerdos” a las parejas gay o lesbianas que se besan en público. ¿Feo, no?

    Y bueno, si en alguna ocasión me comentas que no puedo estar en el vagón, te argumentaré porqué no pienso moverme de ahí: ya lo he hecho con usuarias, usuarios, policías mujeres y hombres, con chicxs puestos por el GDF para subir a los vagones a “invitar” a irnos de ese vagón. No pienso dar mi anuencia a una política absurda y redituable sólo al gobierno.

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