Yo ya me atreví

Suelo caminar de mi casa al trabajo y viceversa, incidentes han pasado muchos y aunque en un principio los ignoraba, como muchas de nosotras, el coraje crece y crece, la indignación y el miedo; ahora ya no me dejo y con el riesgo de escucharme como Carmen Salinas en un palenque, le grito a los tipos o en su caso les respondo con señales, algunos se sorprenden, otros todavía se indignan y la gran mayoría se acobardan.

La primera vez que me defendí fue sobre insurgentes pasando el parque hundido, por lo regular quien te grita o te dice marranadas se encuentra lo suficientemente lejos para que no le puedas dar alcance, este tipo en particular se encontraba caminando justo detrás de mi y se me emparejó sólo para decirme cosas obscenas acerca de mis pechos.

Es raro cómo puede pasar tan lento el tiempo, casi como en cámara lenta y aún así tus pensamientos pueden pasar rápidamente de un: bueno me aguanto… pero que le pasa mejor le digo algo, … pero este idiota se paró a mi lado y no tiene el menor temor de que yo le pueda hacer algo?…y terminar dándole un golpe con la bolsa cuando tu intención no era otra más que voltearte a decirle algo calmadamente, pero el impulso fue tan rápido que la bolsa ya llevaba medio camino recorrido con gran fuerza… y fue a dar en el hombro y en parte de su cara.

Y así mientras le daba de golpes, el tipo sólo se cubría la cabeza y me decía ya cálmate amiga, ya párale; lo dejé y como gran final le grité que era un idiota, hubiera querido decirle más pero las palabras se me agolpaban en la garganta y las lágrimas en los ojos.

Recogí mis pertenencias que habían salido volando de mi bolsa y me sentí aún más humillada; aparte de todo tenía que recoger del suelo la fruta aplastada que tenía guardada para mi desayuno, sentí miradas de todas partes, miradas que no me ayudaron en el momento de la agresión y que por supuesto no me iban a ayudar a recoger ni mi dignidad ni mi fruta del pavimento.

Seguí caminando con la mayor dignidad que pude, los pelos alborotados y la frente en alto y durante todo el trayecto desviaba la miraba hacia mis pechos tratando de descubrir que había de malo con ellos, acaso eran demasiado provocativos?, se movían mucho al caminar?, cual es el límite de un escote?, acaso dejaba mucha piel a la vista? Incluso volvió la inseguridad acerca de mi cuerpo, siempre he considerado que soy curvilinea y me lamenté de su tamaño.

Por supuesto ahora estoy consciente de que el que es puerco es puerco y cubrir piel con tela no los va a cambiar, también me obligó a reflexionar en lo que hubiera pasado si el tipo en cuestión se hubiera puesto agresivo, ahí comenzó el miedo.

Por un tiempo dejé de caminar y a empecé a cubrirme más, después cuando me animé a caminar de nuevo usaba audífonos para evitar escuchar lo que me dijeran, pero las miradas lascivas continúan.. ahí ni modo que me tape los ojos. En las caminatas me repetía casi como un mantra: pueden ver, pero no pueden tocar, pueden ver, pero no pueden tocar… a ratos podía incluso tranquilizarme, otras no daba resultados: seguía sintiéndome insegura.

Mi novio me decía y porque no mejor te vas en taxi y yo le respondía que por la cantidad de violaciones que hay a bordo de este medio (es increíble, en ninguna parte una tiene seguridad o descanso), para ser sincera, la mayor razón fue porque nadie me va a coartar a mí, el derecho de caminar por la calle con la ropa que quiera, cuando yo quiera. Ahí mi novio comenzó a acompañarme en las caminatas y se acabó el acoso.

Por Paola

Llegó el día en que no pudo acompañarme más y se me olvidaron mis audífonos, y en insurgentes casi llegando a eje 8, dos tipos estaban parados en una esquina uno en una cabina de teléfono y el otro obstruyendo el paso, decidí bajarme de la banqueta porque no le veía intenciones de mover su amplio cuerpo y dejar libre el espacio para que pudiera pasar.. y no porque no me hubiera visto, de hecho los dos tenían bien fijos sus ojos en mi.

En cuanto los rebasé, caminaron detrás mío diciendo cosas que no alcanzaba a escuchar y como no los pelaba, lo que iban diciendo fue creciendo en volumen y en intensidad, hasta que alcancé a entender ahora si que me decían chiquta sabrosa y las marranadas comunes acerca de partes de mi cuerpo.

Me voltee al segundo, quedé frente al gordo que no me dejó pasar y le grité con la voz más grave que pude: que pedo puto? Que quieres?. Se quedó de una pieza, los ojos como platos y la boca abierta, sólo atinó a bajar la cabeza y balbucear un: nada nada estoy aquí platicando con mi compañero; yo le dije: – ah con que aparte de todo cobarde!- Como no me dijeron nada más ni se atrevieron a alzar la mirada, simplemente me voltee y seguí mi camino. Me sentí orgullosa de lo que había hecho y de ahí en adelante quien me chifle, me diga o se me acerque, sólo tengo que dar una mirada fija…en su caso alzar la voz o los puños y a veces un empujón y un golpe si se me acercan demasiado. Yo ya me atreví, atrévete DF!

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2 Responses

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  1. Dulce dice:

    “Qué pedo puto?!?” Épico!! Seguro te salió del alma. Creo que hasta que no estamos totalmente convencidas de nuestra “inocencia” frente al acoso (seguimos sintiéndonos culpables, provocadoras, etc.) no podemos ejercer una reclamación directa, que sintamos congruente y justa. Seguro que una querría “reaccionar de la mejor manera” en esos momentos y poner en su lugar a los acosadores. Pero no da ni tiempo de pensar y no tenemos experiencia en defendernos. Poco a poco, lo lograremos y si todas y cada una respondemos de la misma manera al acoso como algo inadmisible, inexcusable e inaceptable, el mensaje será fuerte, claro y conciso. Y no solo de las mujeres hacia el acosador! Sino entre mujeres (y acosad@s) también. Eso de “quedarnos viendo” cómo una es acosada es también dar permiso, pues quien calla, otorga. Ánimo!!

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